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Armamentismo doméstico en EE.UU, un problema ‘disparado’


Las tragedias por homicidios y suicidios asociadas a la proliferación de armas en Estados Unidos continúan su desfogue de huracán ensangrentado, con el agravante que, para muchos de los ciudadanos de ese país, la situación es ya parte de los estándares diarios. Las noticias de estas tragedias aparecen cada vez más en la marginalidad de las secciones del clima, si es que logran ser incluidas en los informativos.

Los hechos son sagrados y quienes no son víctimas de la artimaña de la “posverdad” -antes le llamábamos mentira o embuste- saben que una condición elementalmente sensata es razonar sobre la base de evidencias comprobables. Pues bien, los datos que se tienen es que, para 2021, en hechos asociados a la posesión doméstica de armas en los hogares estadounidenses, entre homicidios y suicidios, en Estados Unidos se tiene un total de 44.000 víctimas en ese año.

Esta diferenciación es interesante.  Los suicidios llegarían a un total de 24.000 y los homicidios de 20.000.  ¿Qué hace que la tasa de suicidios sea alta? Vacíos estructurales de vida, quizá.  Una sociedad que lucha contra sus propios fantasmas asociados a competitividad constante, a perseguir la actitud de la porrista en todo, con pánico al fracaso o la marginalidad impuesta por el espíritu de la manada siempre ávida de cambio. Es posible. Estos son factores que pueden estar incidiendo para que estas tragedias se impongan.

Y no se trata de que en otros países la situación no sea menos drástica. Lo que ocurre es que la sociedad estadounidense se precia de ser desarrollada y es indiscutible que en función de la tecnología ha tenido grandes logros.  Al comparar esas condiciones de vida de vastos sectores en Estados Unidos con estas lacerantes realidades que dejan las armas, viene a mi mente la obra de Dominique Lapierre (1931 -) en particular “La Ciudad de la Alegría” (1985) y “Era Medianoche en Bhopal” (2001).

En esas obras se narra el sufrimiento humano, lo cotidiano de durísimas condiciones de vida, pero también la esperanza, que existen siempre sueños -muchas veces trascendentales, más grandes que la existencia individual- los que pueden dar sentido de realización a nuestras vidas.  Es una perspectiva diferente, más solidaria, más humana, con un sentido de vocación social y de grupo para la especie nuestra, amenazada ahora por lo que hasta hace poco se consideraban los logros más importantes.

Desde una óptica más integradora, se puede puntualizar que -como parte de la cultura de la competitividad y violencia constantes- la posesión de armas es un factor notable en todo esto. Si no tuvieran a mano esos dispositivos mortales, piensa uno, quizá se lanzarían pequeños Larousse ilustrados. 

No obstante, allí están las cifras: el rango oscila entre 310 y 320 millones de armas en poder de los estadounidenses; con una población de 330 millones de personas. Es casi un arma por individuo en promedio, aunque es claro que los armados cuentan con varios dispositivos, casi arsenales, mientras que otros dan muestras de sensatez.


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El debate nuevamente se ha activado y uno de sus principales protagonistas es la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés).  Aunque sus dirigentes vociferan con entusiasmo que son atacados drástica y continuamente, la organización, con sus casi 5 millones de afiliados, continúa teniendo intacta su fuerza de cabildeo, de influyente “lobby” tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado estadounidense. 

Es evidente que no escasean los recursos para esta organización. Son millones de millones de dólares los que se mueven en torno al negocio de armas. De hecho, los tres negocios más lucrativos en las esferas del comercio mundial, ilegal, son: narcotráfico; (ii) armas; y (iii) trata de personas.

La NRA hasta ahora ha tenido la capacidad de imponer su presencia y sus postulados.  Donald Trump con su personal estilo, llegó a indicar que convergía con los planteamientos de los pistoleros de esta organización. Las acciones, la capacidad de movilización de la NRA pueden ser determinantes para influir en quienes son electos. 

Puede ser una organización clave, entre otras consideraciones, en la representatividad y poder para los integrantes de la Cámara Baja del Congreso, representantes que se mantienen en campaña constante, ya que el número total de los mismos se reelige cada dos años. Por cierto, este noviembre de 2022 hay comicios para renovar el total de esta instancia parlamentaria y los funcionarios saben que oponerse al negocio de las armas es lanzarse a un gran estanque plagado de pirañas.

Muy probable que, si se tratara de otro país desarrollado, ya se hubiese establecido un control de armas, por mínimo que el mismo pudiese ser.  Pero es Estados Unidos, y la defensa de la Segunda Enmienda de la Constitución se constituye en algo sagrado para la intransigencia de grupos que se benefician del armamentismo criollo. Una enmienda aprobada en el ya lejano año de 1787 cuando los bisontes y siervos interferían con la cotidiana vida rural que en ese entonces prevalecía. 

Es evidente que en las actuales condiciones no es necesario tener un rifle automático o semi-automático de asalto, disparando 130 balas por minuto, para cazar los conejos que han logrado sobrevivir a nuestra civilización. Se trata de una crisis que se retroalimenta a sí misma. La sociedad estadounidense parece incapaz de sobreponerse a esta dinámica de tragedias. Es un negocio crematístico fomentado por la codicia. Millones de dólares aceitan una cultura de muerte que se impone todos los días, sin que se vislumbren algunos correctivos, por mínimos que sean.

*Ph.D. University of Pittsburgh/Harvard. Profesor, Facultad de Administración de la Universidad del Rosario.

(El contenido de este artículo es de entera responsabilidad del autor por lo que no compromete a entidad o institución alguna).

 

Fuente: El Nuevo Siglo