Resurrección de campeonato

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Ahora vendrán los tópicos, la apelación a que la aritmética nunca se rinde y a que peores cosas (muy poquitas) se han visto, pero esta Liga está lista de papeles. El Madrid echó abajo en el Pizjuán el último relato que le quedaba al Barça, que el jueves perdió su estadio y este domingo casi definitivamente la Liga. Así es un equipo poliédrico que se evapora en el Clásico, gana por un tubular en Balaídos, se exhibe en Stamford Bridge, liquida sin sudor al Getafe y muere y vive en la misma noche ante el Chelsea en el Bernabéu y muere vive en la misma noche en el Pizjuán. Hay muchos Madrid, pero siempre hay uno que sale a flote. Al Barça le quedan pocos cofrades del clavo ardiendo.

Hay ocasiones en que para averiguar la relevancia de un partido bastan las alineaciones. Sucede que los técnicos pasan, con el transcurso de la semana, de la presión a la obsesión, tocan lo bueno y lo mejorable y al final Ancelotti acaba repitiendo un centro del campo que juró en Cornellá que no repetiría o metiendo a Carvajal como lateral izquierdo, y Lopetegui responde dejando en el banquillo a Ocampos, probablemente su mejor baza ofensiva, y acaba jugando con medio delantero centro (Martial) mientras dos (En Nesyri y Rafa Mir) se sientan junto a él en el banquillo. Así de raro comenzó el duelo. Empezó teniendo razón Lopetegui y se la quitó Ancelotti con los cambios.

Si los onces presentaban anomalías, los planes fueron clásicos. El Sevilla llevó su presión a los límites de lo prudente, le cerró los caminos a Kroos y se hizo un equipo cortísimo en el repliegue. El Madrid, con cuatro centrocampistas, alargó mucho sus posesiones para bajarle la temperatura al partido. La suma de lo uno y lo otro dejó dejó un partido (que acabaron siendo dos) tremendo.

Cuadra, contra las cuerdas

El Sevilla dio los primeros pasos, con un centro del Papu que no cazó nadie en su paseo ante las barbas de Courtois y una media vuelta que se le marchó por muy poco a Martial. Lopetegui puso tres argentinos en el once, que no es cualquier cosa. Bernabéu los quería de su parte porque juegan siempre por encima de sus posibilidades. Con ese espíritu fue empujando contra Courtois al Madrid hasta que se puso por delante en una jugada casi cómica. Rakitic lanzó mal un golpe franco desde el borde del área, la barrera del Madrid se abrió dramáticamente (ayudó un empujón de Lamela al grupo que se tragó Cuadra) y traicionó a Courtois, que solo pudo seguir la pelota con la mirada. La acción había venido prologada de otra relativa al perpetuo enredo de las manos. Bono y Diego Carlos saltaron a por un balón, al marroquí se le fue el balón y acabó en el brazo alzado del brasileño. Extrañó que el VAR hiciera la estatua tal y como venía la tarde. Decenas de penaltis se han señalado por mucho menos que esto, pero esa ley ahora es un junco que se dobla según sople el viento o el árbitro. Ese penalti se le quedó en la cabeza a Cuadra, que le perdonó luego la segunda amarilla a Camavinga por un derribo clamoroso a Martial. Tomó el camino fácil: eludió la falta.

A partir de ahí el Madrid fue el de la vuelta ante el Chelsea, sin chispa, sin alma, a merced de un adversario cuyo arrebato va más allá del himno. Así se tragó el equipo de Ancelotti el segundo gol, en un patinazo de un irreconocible Militao ante Tecatito. El balón acabó llegando a Lamela, que marcó a placer.

La única respuesta del Madrid antes del descanso tuvo muy poco de colectiva. Benzema pisó área, limpió a dos defensas del Sevilla en una baldosa y acabó disparando alto forzado y sin mucho ángulo. El equipo de Lopetegui ya empezaba a dejar pistas de que se había quedado sin baterías y de que comenzaría a malvivir de las rentas.

Rodrygo levanta al líder

Lopetegui quitó al Papu y Ancelotti metió a un fantástico Rodrygo, un doble mensaje que aventuraba otro partido, este claramente de un Madrid, ahora sí lobo feroz en la presión. En una combinación muy precisa entre Vinicius y Carvajal, Rodrygo redujo al minimo la desventaja madridista. Fue casi el primer balón que tocaba el mismo jugador que levantó al equipo ante el Chelsea. Revulsivo lo llaman.

A medida que su equipo empequeñecía, Lopetegui tocaba retirada: Augustinsson por Acuña, Gudelj por Tecatito. Se había acabado la lírica y empezaba la resistencia a toda costa. Bono le paró un remate lejano a Militao, a Benzema se le fue otro por tres dedos. El Madrid era un vendaval y el Sevilla, un pelele.

Y entonces llegó el tercer gran lío. Lucas Vázquez mandó un centro desde la derecha, lo rozó Modric y Vinicius remató a la red tras un control en la intersección del hombro y el antebrazo. El juicio precisaba un peritaje anatómico. El VAR llamó a Cuadra, que se vino abajo ante la presión del estadio mientras se congelaba la imagen en los videomarcadores. Una jugada gris que el público volvió del blanco sevillista.

En ese barullo andaba la cosa cuando Carvajal le birló el balón a la defensa del Sevilla y mandó un centro raso que Nacho remató a la red. El altísimo sentido del deber de dos canteranos. El Madrid ya estaba en modo campeonato y en otra arrancada finísima de Rodrygo, Benzema mandó al suelo al Sevilla con la frialdad de un matador. Lo dicho: la agonía es el jardín de un Madrid que se ganó el derecho a sentirse campeón.

Fuente: AS